Bordalí – Corvalán – López, “Reciclaje”, junio 2003

Corvalán: pecera con insectos sobre balsa en vitrina vigilada por cámara e imágenes en pantalla de transmisión en circuito cerrado.
López: zootropos en movimiento con imágenes de fragmentos humanos.
Bordalí: Intervención terraza exterior con pintura verde limón y 2 paralelepípedos con recubrimiento PVC color y flores plásticas.

Texto por Adolfo Vera

Todo límite apela a su trasgresión, a su desvío. En tal sentido Galería Regional ha querido este año proponerse a sí misma como límite, como una superficie o geografía que es preciso cuestionar (o mantener en suspenso, como en una dialéctica siempre relanzada). Los desvíos hacia el afuera de la galería (hacia fuera del arte del arte y su institucionalidad) llamarán, con mayor o menor intensidad, a repensar el adentro del fenómeno artístico, si es que ese adentro puede aun seguir postulándose.
Reciclaje es el nombre de un nuevo episodio que se inscribe en el flujo de aquella dialéctica siempre en suspenso. Hay aquí un afuera y un adentro que se llaman, se contradicen afirmándose, se sujetan y se abisman. El adentro se transforma en el afuera, y viceversa. ¿Dónde está el límite, donde el desvío?
El trabajo de Macarena Bordalí, ya desde algún tiempo, viene apelando como seña y como signo a la transversalidad, tanto formal como temática. La progresiva desfiguración que a lo largo del siglo pasado se verificó en los límites, clásicamente instaurados, entre “artes liberales” y “artes mecánicas”, ha encontrado un eco sistemático en su constante insinuación de carácter meramente decorativo de todo arte de la época de la reproducibilidad técnica, cuando el fetiche y el aura han muerto y solo persiste la copia de la copia como fuente de experiencia estética: el kitsch, entonces, en su carencia de refinamiento, ha consumado la muerte de la belleza ideal y del gusto. Al mismo tiempo, la producción del “camuflaje” sobre lo ya de por sí camuflado –sobrecamuflaje-, trae a la cuenta la ya a estas alturas natural artificialidad de los espacios habitados, no en una apelación ingenuamente ecológica, sino en una problematización de la responsabilidad que en esto compete a la imagen y a la visualidad en general.
En el caso de la propuesta de Máximo Corvalán, éste continúa aquí su investigación en torno a los mecanismos y procedimientos (cámaras de circuito cerrado, torres de vigilancia) gracias a los cuales el poder –ni vertical ni unidireccional, sino transparentado hasta el punto que no es susceptible de ser reducido a un a lógica claramente determinable – busca regular el movimiento de los cuerpos, satisfaciendo una necesidad que, de repetida, es por ellos mismos exigida. Tanto la alusión a la mitológica búsqueda científica de la reproducción de la vida por métodos artificiales, como la cita al naufragio y su posterior deriva pintada en “La Balsa de la Medusa” por Gericáult, plantean la interrogante en torno a la “otra realidad” que surge de la representación (tanto científica como artística), en el contexto del bio-poder surgido en gran medida como consecuencia de la multiplicación de los métodos visuales de control social. A una multiplicación similar apela Alvaro López. La reproducción circular e infinita de la imagen nos remite a nuestra situación de seres perdidos en al “jungla” de las virtualidades, pero es posible también –la intervención de López no los señala- atender a la mecánica del asunto, como si siempre se tratase del mismo juego de fines y medios.