Claudio Bertoni, Muestra inaugural, agosto 2002

25 Cajas con objetos encontrados

Texto por Adolfo Vera

La plástica tridimensional de Bertoni comunica con la precariedad de los objetos. Su labor de artista vagabundo recolector de “cachureos” obedece a raíces que se anidan en lo más profundo de su filosofía de vida: anti-idealismo radical, apego trágico a la finitud, el hacer ético de Bertoni bien podría definirse con una feliz paradoja propuesta por Bataille: “trascendencia inmanente”. No hay un más allá de la materia -esta es la premisa que mueve al trabajo del escultor tradicional: hacer aparecer el espíritu en lo material- , sólo hay materia: y ésta por definición es precaria, perece, envejece, se disuelve. Así, el Bertoni enemigo de la falsedad del Idealismo, de su ocultamiento de la precariedad que define a los elementos humanos, demasiado humanos pretende, no obstante, hacer aparecer en ellos la belleza. Belleza, claro está, quebrada, rota por el tiempo y las circunstancias – ¿cuántos avatares han sufrido esas maderas que el artista, un día, en un gesto redentor, recogió del abandono de una playa cualquiera?-, pero por ello mismo más cercana a nosotros, mortales y finitos. Tal es la honestidad de estas esculturas y composiciones de Bertoni: su belleza es justamente aquello, la niega, pero que la afirma en su vinculación con el tiempo. Las deudas y filiaciones del Bertoni poeta, fotógrafo, escultor, son múltiples. Desde el Budismo Zeny la poesía Beatnik, hasta el Arte Povera y la Antipoesía, pasando por el misticismo erótico en Bataille y la angustia bárbara y viril de Cioran, todas ellas coinciden, sin embargo, en ponernos al resguardo de las supuestas seguridades que la cultura y sus instituciones nos imponen, siempre con el fin de hacernos partícipes de esta peligrosa aventura que es la del arte y la poesía.