Jorge Gronemeyer, “Fragmentos”, octubre 2002

fotografía blanco y negro

Texto por Adolfo Vera

La fotografía de Gronemeyer funciona, en gran medida, médicamente. Para hablar de ella deberíamos apropiarnos del lenguaje de la clínica y definir una suerte de estética fisiológica. La naturaleza propia a la fotografía se lo permite: ella funciona en virtud de operaciones que cortan, (obturación) diseccionan (encuadre) y fragmentan la continuidad espacio-temporal tal como el médico, al intervenir quirúrgicamente al paciente (o, en términos fotográficos, el objeto capturado), fragmenta al cuerpo para poder hacerlo hablar, para que muestre su lado oculto. En tal sentido, la fotografía de Gronemeyer, al asumirse quirúrgicamente, cuestiona los procedimientos que la definen técnica, y por lo mismo, artísticamente. El fotógrafo trabaja con bisturí, cortando la realidad, interviniéndola, fragmentándola: la experiencia misma es, en virtud de la fotografía, irrealizada, sometida a una artificialidad que la violenta- enmarcar, encuadrar es, igualmente, obligar al mundo a detenerse y a permanecer cristalizado. La naturaleza misma de la fotografía es, entonces, cruel, violenta, despiadada. Su carácter “maquinal”, de objeto tecnológico, contribuye a ello. Lo que históricamente ha debido hacer es, en tal sentido, suavizar, matizar esa crueldad originaria que la define. La fotografía, en cuanto arte, nació con esta culpa -las “Bellas Artes” no han dejado de recordársela- y ha debido estilizarse o refinarse para contrarrestar su pecado original (el cortar con bisturí, sangrientamente, la realidad y encuadrarla en un espacio-tiempo artificial, autónomo). Las fotos de Jorge Gronemeyer pretenden, con plena conciencia -nade menos espontáneo, menos casual, y por lo mismo menos piadoso que el fotógrafo Gronemeyer- recuperar la naturaleza quirúrgica que define a la fotografía, tecnología y estéticamente. Fotógrafo-médico, inspirado por fuentes no artísticas (la antropometría, la fotografía forense, el documento social), su trabajo consiste en plasmar en el papel la topografía del cuerpo, interrogarlo no ya como objeto bello, sino tan solo como objeto, como cosa. Su objetividad, su asepsia, su limpieza técnica obedecen a un programa de investigación de las huellas -cicatrices, síntomas- que, gracias al tiempo, se inscriben en nuestra piel (“Lo más profundo es la piel”, decía Valery), instaurando un lenguaje que, como gracias a Gronemeyer sabemos, no solo puede ser descifrado por el médico, sino también por el artista.