Macarena Oñate, “Lengua”, marzo 2003

7 letras de esponja negra de 1,50 x 0,90 x 0,90 mts. aprox. c/u. y registro fotográfico blanco y negro

Texto por Macarena Oñate

MI MAMÁ ME MIMA.
El interés por las letras viene del recuerdo de los primeros años de colegio. Terrible y divertido. Aprendí a leer con el Silabario y luego me reí mucho con Mi primer diccionario. Buscábamos palabras como peo y sus serios significados como “dícese de” nos hacían reir.
Aparecía la definición de hombre, de madre y no de mujer. Incomprensible.
En el diccionario castellano para mujer hay una sola definición, en algunas lenguas africanas como el kimbundu existen 32.
Las palabras y sus significados marcan el límite de lo “decible”. Nos someten a una cultura. ¿Es posible definir el dolor? ¿El miedo a la oscuridad?

EDUCADITO
Al aprender a hablar, aprendemos a portarnos bien y hacer caso, nos insertamos en la sociedad. Dejamos de lado nuestra voluntad, nuestro cuerpo. Sin saber muy bien porque.
“Es de mala educación eructar en público…” (Manual de Carreño). “No desear la mujer de tu prójimo…” (La Sagrada Bíblia), etc, etc. La conocida “edad del porqué” es más lógica que cualquier tratado de sicología infantil. Es una especie de resistencia.
Los niños preescolares conservan su cercanía a la naturaleza, al cuerpo, a la animalidad. No saben mentir, son crueles y a veces hasta salvajes. Imposible acallar a un niño pequeño con hambre o hacer que disimule ante una persona sin una pierna.
Cambiamos esa libertad por el falso protocolo o “tino”.
Somos también educador para “apreciar el arte”. Ingresar serio a una galería, mirar a distancia con la mano en la pera, luego acercarse, mirar el título y ver algún detalle con cara de circunstancia. Hacer algún comentario como “interesante” sin entender ni papa. Y por supuesto “calladito” o “sin tocar nada”.

a y t f o e r
Las definiciones de diccionario que utilicé en otro momento de modo irónico, aparecen ahora desarticuladas. En su desorden, las enormes letras sacadas del texto y transformadas solo en formas, hicieron evadir la obligación de entender algo y establecieron una relación corporal o lúdica con quien los enfrentó. Muchas veces fuera de mi control serán en su mayoría los niños los que sin pedir mayores explicaciones disfrutaron lanzándose con las letras por las dunas, persiguiéndose y gritando “ooooooo” haciendo girar la letra “o”.

A Vicente De los Ríos Oñate, marzo 2003