Mario Z, “Remix”, febrero 2003

pintura sobre tela, figuras autohadesivas

Texto por Victor Hugo Bravo

Alguien decía: “La música no está en las notas, sino entre ellas”, parece imponderable, pero al que domina un espacio específico y productivista tales interludios es en este sitio donde rastrea su base nutricional.
En la arquitectura de obra de Mario Z. El espacio intersticial lo estructura la pintura, su denominación (nombre), su rompimiento (tradición) y su reparación (reposición mediática) trilogía que circula las metrallas de la visualidad contemporánea. La misma que ejerce su poder. El que muele.
Desde este trinomio la ecuación dominante destila una identificación inexistente, la de esta pintura que habita la médula contemporánea, esto es, en el estatuto de poderes que los sistemas comunicantes actuales emiten sobre el casco sociocultural. Entonces, hay aquí una pintura bastarda, no en su ejecución ya que esta se place de hedonismo en su que hacer, sino en la localidad donde se define el molde a seguir, “el monumental modelo universal del arte” en su resquicio pictórico, dosificado en una serie de pulsos plásticos que construyen desde la estúpida realidad algo depositado en el vano colectivo; obra maestra.
MZ. Esgrima una perfidia conceptual insertándose en re-venir de los lenguajes en tránsito, con el sobrenombre de la pintura -perdida y oculta- al violar sus códigos y formas sin dejar rastros de realidad.
Los íconos de esta obra, las Chicas S. Poderosas, estas entendidas como nobles modelos del nuevo bestiario universal se incrustan en esta, la obra pictórica, para colonizar como en algún momento lo hicieron, las horribles Meninas, las plataformas contingentes del arte y bautizar desde aquí un regreso incestuoso que está a disposición de su condena final.
En este sin sentido factural, esta serie de “retratos” monstruosos de las tres madonas unge el sabor pictórico de una condición excepcional, situando estos íconos en el protocolo del arte, manoseando cada detalle de su producción con un manierismo minucioso y refinado inherente a su condición de ser referentes televisivos, a los que sitúa y reinstala en la palestra del nuevo modelo.
Decisión análoga a la posición de la pintura en la producción del artista que transita un ideal cotidiano que no escatima en la proliferación de medios, es decir, no restringe la obra a las notas mayores, sino a las deformidades que genera cualquier sentido enfermizo por algo. Aquí surge desde el desprecio y la nobleza medial el uso de múltiples medios, objetos y sistemas que se despliegan como mecanismos pictóricos para, justamente, deshonrar al innombrado y otorgarle desde el uso del arte un nombre, un sitio y una forma.
Ejercicio espeluznante es, cuando ves unas cabezas redondas, con orejas extrañas, una llamas, con veladuras negras y oscuras, con húmedos brillosos, deformidades tétricas y cada vez más oscuras y negras y son pinturas, madonas retratadas de un nuevo renacimiento.