Olave – Castro, “Reconstitución del Diálogo”, agosto 2003

Paloma Olave: instalación exterior de sacos areneros
Patricio Castro: inmersión de motobombas en el agua del estero Marga Marga e introducida al interior de la galería.

Texto por Adolfo Vera P.

Reconstitución del Dialogo pretende establecer su propia pregunta en el contexto del Segundo Ciclo de Exposiciones de Galería Regional, Límite y Desvíos. Tal pregunta interroga acerca de los límites del espacio artístico, instalando la cuestión de la periferia, del atrás y del afuera como los ejes desde los cuales motivar la reflexión en torno a los siempre irregulares márgenes desde los que se instala la espacialidad del arte, la que no sólo refiere a cuestiones de índole social o de representación, sino que además -y quizás ante todo- a la materialidad concreta en la que habita la obra: la galería, el museo, la sala como construcción de identidad. En tal sentido, no sólo se reconstituye aquí el diálogo entre dos artistas de diferentes regiones y procedencias, sino que en primer lugar aquel que sostiene el arte consigo mismo, en tanto es parte de la esencia misma del arte el instalarse de la obra en un lugar que habita y que, entonces, trastoca y transforma: no hay obra, en arte, fuera de lugar. Pero la ambición profunda de estas intervenciones tal vez sea justamente el cuestionar la sentencia anterior, pues pretenden ellas conformar una obra desde el afuera del lugar del arte, es decir, desde el atrás (el patio trasero, sucio, de la representación) del espacio artístico. Y si pensamos que Galería Regional, en tanto espacio del arte, se ubica urbanísticamente en un sector ex-céntrico, al margen de la institución legal y comercial, fuera del recorrido habitual de los transeúntes, junto a la desembocadura del que tal vez sea el símbolo mismo de los fracasos y frustraciones de la ciudad -el Estero Marga-Marga, núcleo de lo que Viña busca ocultar-, caeremos en la cuenta que el efecto de dislocación de lugar que proponen ambas obras en su diálogo es intenso y radical.

Patricio Castro ha optado por el mecanismo de entrada y salida del espacio artístico como principio desde el que ejercer el mencionado descalce. A partir de un dispositivo que extrae-introduce-saca el agua del estero, se plantean varias cuestiones que ante todo dicen relación con la circulación -palabra que denota el recorrido de la sangre, de los vehículos y personas por la urbe- , con el flujo -adquiriendo su intervención un carácter sexual que recuerda el enigmático Gran Vidrio de Marcel Duchamp- y con la dialéctica del adentro y del afuera (problematización del carácter infinito que tal dialéctica adquiere en el terreno artístico, cuando se considera a éste principalmente como un modo de ocupación de espacios). El artista ha intervenido zonas de la ciudad cuya presencia evidente es considerada como una herida y un dolor (algo así como la mala conciencia de la urbe), como el Zanjón de la Aguada y el Hospital El Salvador de Santiago.

Paloma Olave, por su parte, ha optado con mayor radicalidad por quedarse, lisa y llanamente, en el afuera del arte. Sus sacos de papas acumulados funcionando como soporte de la representación ponen el dedo en la llaga de lo que podría llamarse la situación de orfandad, de intemperie en la que queda el arte cuando se le anula su lugar. La artista ha optado, como proyecto de obra, por trabajar en lugares poco considerados por la mirada temerosa de encontrase con la precariedad que nos constituye. El muro trasero del arte, enmohecido, sucio, bañado no por el mar sino por los desperdicios de miles de habitantes, es un signo y una metáfora sobre la que habremos de volver, después de esta obra, con mayor frecuencia.